Una Vega

admin January 9, 2014 Comments Off on Una Vega
Una Vega

En el corazón de Santiago de Chile

Gritos, música de acordeón, y un sinfín de olores envuelven a los visitantes que cada día acuden al mercado de La Vega, un gran centro de compra-venta de alimentos frescos situado en pleno corazón de Santiago de Chile.

Por Ana Pérez López

Paseando por los caóticos pasillos del mercado de La Vega, en el centro de Santiago, puede encontrarse de todo: gatos que descansan sobre cajas de frutas, sexagenarios jugando al “tele” (un juego de cartas) y hasta una rueda de cuecas, el baile típico chileno, en la que arranca a bailar una vagabunda tuerta que agita al aire su pañuelo. Este impresionante zoco ha sido nombrado el cuarto mejor del mundo por The Daily Meal, portal web dedicado a la gastronomía.

“Esa es la magia de La Vega; aquí tu haces lo que quieres, a la hora que tú quieres”, explica Arturo Guerrero, un vendedor que oficia de relacionador público del lugar. “Aquí cualquiera se ríe, cualquiera baila, prima la libertad de ser”. Libres, madrugadores y amantes de la cultura popular. Así son los trabajadores de este mercado, los llamados “veguinos”, que comparten un lema sagrado: “Después de Dios está La Vega”.

ANÁRQUICO MERCADO

A pesar del polvo y los perros ambulantes, el olor de las humitas, cazuelas, y sopaipillas atrae a paladares de cualquier clase social: “El rico, el pobre, el medio, el apolítico, el político, el revolucionario, el no revolucionario, el creyente, el no creyente, todos pasan por aquí”, afirma orgullosamente Arturo Guerrero. Por eso no sorprende que Alicia Leiva, una señora del “barrio alto” de Santiago, se desplace en su auto hasta este lugar, ubicado a un costado del río Mapocho, para llenar el carro de la compra.

Esta veterana clienta, que lleva años acudiendo a comprar,  aconseja hacer la compra los martes, “porque si no, está todo muy añejo, porque la mercancía llega los lunes por la tarde”.

Y aunque pobres y ricos se codean entre las lechugas de La Vega, la seguridad, según Guerrero, “es impecable”: “Adentro hay un cero por ciento de robos. El problema está afuera, en lo alrededores del mercado, y por eso estamos pidiendo que nos dejen administrar también el exterior”. Por si acaso, Guerrero recomienda tener cuidado con los objetos personales.

Al son de unas cuecas ensordecidas por los gritos de los verduleros, uno puede encontrar las mejores hortalizas y verduras del país: “¡Más magia de La Vega!”, exclama Guerrero “¡Con tres lucas (cinco dólares) acá se hacen maravillas!”. Y esa magia también se extiende hasta los nombres de los productos: los brotes de soja se convierten en dientes de dragón, las limas se llaman picas, y los ajos son bautizados burlonamente como “la viagra de los pobres”.

EL AMANECER DE LOS VEGUINOS

Hay quienes se levantan temprano, los que madrugan un poco para cumplir con el refrán y que los ayude Dios, y luego están los trabajadores de “La Vega Central”, un mercado en el que algunos puestos empiezan a funcionar a las tres de la madrugada. Fernando Cárdenas es un genuino veguino que lleva acarreando sacos de especias la friolera de 65 años: “Abrimos a las seis de la mañana, pero a eso de las cuatro nos llegan las especias de todas partes de Chile”.

Los 1.700 puestos del Mercado de La Vega Central gozan de la libertad de abrir a la hora que quieran, “un hecho que determina la dinámica casi anárquica que rige este lugar”, comenta el portavoz del zoco.   Este carismático personaje también vende en La Vega. Su puesto se llama “¡Chucha, me pasé!” y además de por sus zanahorias y nabos, destaca por la cantidad de carteles de crítica social que cuelgan del puesto.

Y es que Arturo Guerrero es un hombre al que le encanta plantear grandes cuestiones a raíz de pequeños hechos. Por eso, frente a un puesto de vendedores peruanos, se larga a disertar sobre la globalización.”Los peruanos se integraron y son un aporte para nosotros. Ha ingresado una cultura diferente y ahí es donde se ve la verdadera globalización; no la globalización con decreto, sino la real; que yo entienda su cultura y ellos entiendan la mía”, concluye.

Más de 7.000 trabajadores esperan la llegada de centenares de camiones y frigoríficos todas las madrugadas desde la avenida Santa María, la calle Olivos, Recoleta e Independencia, los cuatro puntos cardinales de este mercado. Madrugadores todos, aunque en distintos grados, porque en este mercado, según Guerrero, “se viene a trabajar; pero se trabaja para ser feliz”.

HISTÓRICO AMBIENTE QUE INVITA A CREAR

Aunque nació en la época colonial como un pequeño mercado de abastos, La Vega ha ido creciendo a medida que lo hacía la ciudad. Y así, la construcción del puente de Calicanto propició que una gran cantidad de vendedores y feriantes comenzaran a establecerse alrededor de lo que hoy es el mercado. “La Vega lleva funcionando aquí 104 años; antes estaba en una cancha tenis que había en la esquina de Glorieta con Santa María, pero los padres franciscanos la trajeron aquí”, explica Guerrero.

En el siglo XIX la zona era conocida como La Vega del Mapocho y se empezaron a construir bodegas para la descarga y venta de productos agrícolas, que culminó con la iniciativa de Agustín Gómez García, que en plena revolución industrial comenzó la construcción del actual mercado.

Pero la verdadera esencia de La Vega no radica en su arquitectura, sino en las historias que suceden dentro. “Aquí nacieron las canciones de Mario Catalán. Él era locatario acá y, mientras tanto, iba creando la melodía de la rebeldía y la sexualidad”, dice el propietario de “¡Chucha, me pasé!”.

Gran parte de la esencia de este mercado procede del folclore que se crea entre el olor a pescado, el mote con huesillo y el pan recién horneado, porque aquí, de repente, “cualquiera agarra una guitarra”. El cantor de cuecas Mario Catalán ya murió, pero el mercado le homenajea con la actuación de la folclorista María Ester Zamora, quien recuerda en un acto especial como “los más grandes músicos y artistas acudían a celebrar las fiestas de La Vega Central”.

“Eran tiempos en los que uno pescaba una guitarra y, si te iba bien, comías bien y, si te iba de pena, también comías, pero mal; y así salió mucho canto popular”, relata Guerrero. De la gran familia veguina del “tío coco”, “la empaná frita” y “el pescao frito”, ya sólo quedan los que entonces eran unos niños y que hoy cuentan a cuantos quieren escucharles cómo eran aquellos días en los que los muros retumbaban al son de la cueca “Aló, aló”.

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